24Abril2014

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HAITÍ, LA OCUPACIÓN CONTINÚA

Pintura naif haitiana

Entrevista a Francisco Palacios, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Zaragoza y miembro del Comité de Solidaridad Internacionalista.

 

Por Salvador López Arnal en El Viejo Topo
Enero de 2010


Veinte mil soldados para garantizar el orden en una ciudad que tenía 800.000 habitantes antes del terremoto. Toca a un soldado estadounidense por cada veinte habitantes, y eso sin contar con los soldados de Naciones Unidas, la policía haitiana, el ejército haitiano… Sobre ello, y sobre la trágica historia haitiana, nos habla aquí Francisco Palacios.

¿Qué o quienes han condenado a la población haitiana a la más profunda miseria y desesperación?

— La miseria, la opresión, suele tener vieja data que casi siempre termina en el mismo sitio. Se hace necesario hacer un poco de Historia. Sobre todo porque Haití fue de los primeros territorios colonizados y esclavizados que se liberaron del holocausto esclavista. En principio merced a la abolición proclamada por la Convención y promovida por el tan criminalizado Robespierre (1793). Pero sobre todo porque resistieron a la reimplantación de la esclavitud dictada por ese gran prócer de la civilización occidental –con efigies por toda Francia y con homenajes en todos los libros de texto– llamado Napoleón. Napoleón en 1804 reinstala la esclavitud en todas las colonias con miles de esclavos muertos y lo que podría ser peor, retornando a millones de ellos a su viejo estatus esclavista, sujetos a la venganza de sus antiguos amos y administradores. Con Haití no lo consigue porque su gran expedición militar es derrotada por los haitianos a base de demografía, con miles de muertos como balance. Con ello Haití no sólo consigue seguir siendo un territorio libre de esclavitud sino un auténtico Estado negro independiente.

¿Y qué ocurre a partir de ahí?

— A partir de ahí Haití es bloqueada y desestabilizada por todas las potencias coloniales. Tanto Francia, Inglaterra, España como Estados Unidos compran a sus agentes internos y financian a diferentes grupos. Todos compitiendo entre sí y todos juntos compitiendo contra las facciones haitianas más soberanistas. Haití es un campo de batalla interno durante casi un siglo (1843-1919). Es como si todas las potencias occidentales hubieran decidido convertir ese trozo de tierra en un casino geopolítico. El ejemplo de una República ex-esclava independiente no era bueno para el resto del orbe esclavizado por el Occidente del Estado liberal y del liberalismo. El esclavismo siguió siendo un sistema necesario para el Estado liberal durante todo el siglo XIX; y el colonialismo lo sigue siendo para ese mismo Estado liberal-capitalista hasta más de la mitad del siglo XX. Se oculta habitualmente que el esclavismo y el colonialismo fueron pilares de la economía liberal (una ironía más) durante todo el siglo XIX y hasta después de la II Guerra Mundial; y sólo a partir de la Carta de Naciones Unidas, de la Declaración del 48 e incluso de la Resolución 1514 (1960) comienza la fase final de su erradicación.

Decíamos que Haití había sido bloqueado y desestabilizado por todas las potencias coloniales. Y la pregunta es: ¿por todas por igual?

Me toca a mí en principio hacer las preguntas pero gracias por su ayuda. ¿Por todas por igual?

— No, hubo una potencia incipientemente colonial, que se interesó en apoyar a determinadas facciones nacionalistas haitianas para resistir las estrategias de los imperios europeos. Esa potencia en ciernes sería Estados Unidos, a la que interesaba ir cobrando influencia y poder en toda su geopolítica circundante americana. Por ello siempre se ofreció a colaborar en el apoyo económico y militar de ciertos grupos fuertes de los territorios colonizados o con el sostenimiento primario de repúblicas americanas recién liberadas. Y así vimos como después de esa pretendida ayuda pasaría a ocupar, directa o indirectamente, la práctica totalidad del continente americano, quedando toda su geografía más cercana literalmente invadida (Puerto Rico, Cuba, República Dominicana, Haití).

La influencia creciente estadounidense en Haití tendría su estadio superior con su definitiva ocupación terrestre (1915), al no poder imponer sus órdenes de forma directa y con el pretexto de que no se le devolvía la deuda contraída (sic).

Una ocupación que dura casi dos décadas…

— Efectivamente. La ocupación dura hasta 1934. En ese año el ambiente prebélico en Europa y Asia conduce a la salida de las tropas. Todos los intentos de gobiernos civiles son eliminados por golpes de Estado hasta que el Departamento de Estado decide instalar una dictadura civil sistémica con la irrupción del clan Duvalier (1957) y con un modelo de represión con técnica propia reconocida (tonton-macutes). A partir de aquí la influencia del Departamento de Estado sería directa. Los niveles de corrupción, miseria descarnada y represión fueron tan insostenibles que es el propio Departamento de Estado el que monta un golpe de Estado (1985) ante una situación que se le iba de las manos. ¿La imagen más gráfica? Cuando un avión del propio ejército estadounidense saca del país al último Duvalier hacia su exilio en… Francia (1985). Asilo (¡asilo político!) que Francia le concede porque ella también formó parte del modelo hegemónico impuesto a Haití.

¿Y cuál era la situación de Haití en esos momentos?

— En ese momento Haití ya estaba en las estadísticas más miserables de desarrollo humano y con una cifra de represión cercana a los 50 mil muertos a lo largo de la etapa Duvalier.

¡Cincuenta mil muertos!

— Exacto: cincuenta mil muertos. A partir de ahí se desarrolla otro marasmo político de conspiraciones teledirigidas y caos interesado. A pesar de ello ninguno de los grupos dominantes puede evitar que –finalmente- un hombre fuera del sistema de hegemonías se haga con el gobierno tras unas elecciones generales. Aristide (en la dinámica de la teología de la liberación) gana las elecciones con un 67% en 1990. ¿Cómo o por qué?

De acuerdo: ¿cómo y/o por qué?

— Por dos razones básicamente. La primera: estábamos al final de la guerra fría y merced a la menor presión que ejercían las inteligencias hegemonistas sobre Haití, ya que trabajaban en la cuestión de la disolución soviética-conformación del centro euroasiático, en la cuestión afgana (apoyo a las facciones talibán y destrucción del resto de facciones) y en todo el nuevo paradigma de choque civilizatorio.

La segunda. Había otra razón, ya que aunque Aristide no fuera un plato convencional había que intentar adaptar a Haití a un modelo de institucionalización básico e incorporarlo a la nueva coyuntura de institucionalización latinoamericana que exigía el paradigma neoliberal (Consenso de Washington, 1989-1990). Por eso toleran la victoria de Aristide, valorando la idea de su inevitable “adaptación” al medio.

En menos de un año Aristide estaba derrocado porque intentó llevar a cabo un programa que tocaba intereses dominantes. En 1994, después de decenas de asesinatos masivos de sus militantes, asesinatos selectivos de sus cuadros y desarticulación de su base organizativa, Aristide retorna a la Presidencia con toda una serie de pactos y compromisos con Estados Unidos, Francia, los grupos de presión dominantes y, claro, los técnicos del FMI. Sólo así se produce el exilio dorado y subvencionado de los últimos golpistas y –casualidad– la inmediata irrupción de tropas de Estados Unidos bajo bandera de Naciones Unidas (1994). Desde ese momento Aristide y cuadros allegados (Préval, Alexis) hicieron una política de contemporización con los intereses dominantes intentando sólo acabar con las aristas más recalcitrantes del duvalierismo. Mientras cuadros, representantes institucionales, empresarios y grupos de apoyo alternativos del propio gobierno eran asesinados, chantajeados y hostigados por los grupos fácticos de poder. Eso llevó a la ruptura de individualidades y grupos con el propio Aristide al no sentirse apoyados sino, muy al contrario, incluso perseguidos por su propio gobierno. El gobierno débil, chantajeado y, en definitiva, complaciente de Aristide dura hasta 2003. Ese es un año de viraje.

¿Por qué 2003 es un año de viraje?

— Porque a partir de esa fecha su gobierno no sólo recibe la presión insoportable del hegemonismo franco-estadounidense (no unida, sino repartida) sino que se le abre el campo de influencia bolivariano. Es a partir de 2003 cuando desde Venezuela se inaugura una nueva estrategia internacional mucho más pro-activa. Aristide es invitado a ser parte del nuevo proyecto estratégico centrado en la propuesta ALBA a partir del año 2004. El nuevo viraje, apenas imperceptible, es rápidamente contestado por la desestabilización terrorista (de Estado) que hace del año 2004 uno de los más accidentados y conflictivos, incluida una pretendida y manipulada oposición de cierta izquierda. Aristide es secuestrado antes de que pudiera recomponer su bloque de poder.

¿Secuestrado por quién o quiénes?

— El secuestro y su deportación a República Centroafricana es realizado de forma escandalosamente explícita por Estados Unidos y Francia; y no hay sino que ver el veto continuado de estos sobre una investigación en sede de Naciones Unidas a partir de una propuesta de CARICOM.

Desde 2005 no quedan sino unos gobiernos de agrupación de intereses presididos por el títere Préval, todo un superviviente y hombre factible del Sistema, de sus debilidades y de la miseria. Aunque tampoco ha sido hombre de actitudes contundentemente serviles.

Esta es la historia. ¿Y en cuanto a la ayuda internacional?

— Vayamos a ella. Vayamos al gran aparato de propaganda-intervencionismo que habilita la llamada sociedad internacional, ya sea bajo estructura militar (misiones) o estructura civil (conferencias de ayuda). Todas ellas con dos objetivos: a) control geo-militar de la isla; b) reforzar el sistema de dependencia de Haití.

Desde 1994 Haití es un país con presencia casi permanente de ejércitos multinacionales o de Naciones Unidas. Todos ellos con la teórica intención de instalar la paz, apoyar a los gobiernos legítimos y generar unas fuerzas de seguridad propias. ¿Dónde están unos mínimos resultados sobre conformación de unas fuerzas policiales mínimas o de una Administración de urgencia? Cualquiera que haya visitado Puerto Príncipe el año pasado habrá visto que no existen. Sin embargo la Misión permanente de Naciones Unidas era una fuerza numéricamente sobresaliente para un país como Haití. Estamos hablando de 7.100 militares, 2.100 policías y 500 funcionarios internacionales (más otros 300 funcionarios de las propias de Naciones Unidas). Y estamos hablando de un país de apenas 10 millones de habitantes, cuya capital –que es el mayor foco problemático– es de 800 mil habitantes.

A alguien le podrá preocupar cómo no se han producido resultados dada la estimable presencia de efectivos brasileños en la MINUSTAH y el nombramiento de un funcionario suyo como segundo en la escala de mando. La respuesta está en la estructura de toma de decisiones. Para empezar es casi imposible que soldados y policías de ¡47 países diferentes! puedan armonizar absolutamente nada. Es todo una pantomima, al final acaban todos semi acuartelados, de compras o haciendo estancias tan cortas que apenas saben donde quedaba Haití…

Por otro lado, Brasil no tiene experiencia de cómo pueden sabotearse las decisiones una y otra vez, con mil pretextos diferentes, cuando se trata de articular a múltiples Estados partícipes (entre ellos Estados Unidos y Francia); para, además posteriormente, conseguir consenso y funcionalidad con las instituciones del propio Estado haitiano. Eso es lo que ha ocurrido allí: nada, la no estructuración de un Estado mínimo, porque es lo que se quería que ocurriera.

En cuanto al refuerzo de la dependencia haitiana…

—Desde 1994 Haití es un país que no cesa de motivar conferencias internacionales de ayuda y cooperación para su desarrollo. En todas ellas centenares de técnicos y de políticos ponen encima de la mesa fantasiosos proyectos y multimillonarias donaciones que presiden las primeras páginas de los periódicos. Ahora se habla de la inmediata Conferencia de donantes de Marzo-2010 (Nueva York), sin embargo Haití ya había sido pasto de conferencias de ayuda sin fin desde el final de la época Duvalier y que culmina allá por 2004 en la Conferencia de Washington. Allí se comprometieron mil millones dólares para subvenciones y créditos blandos en los dos siguientes años. El destino prioritario eran las áreas de administración pública y militar, servicio de salud, educación e infraestructura eléctrica. Se habló de mil dispensarios de salud, mil quinientas escuelas y la generación de 30 mil puestos de funcionarios. El año pasado (Washington, 2009) también hubo otra macro-conferencia de donantes con el presuntuoso título de “Hacia un Nuevo Paradigma de Cooperación para el Crecimiento y el Desarrollo”. Bajo patrocinio del BID, con participación de 30 países donantes y teniendo como grupo medular al G-10 (amalgama surrealista de BID, FMI, Banco Mundial, Unión Europea, Naciones Unidas, Canadá, Francia, España, Estados Unidos, y el “Grupo ABC” de Argentina, Brasil y Chile), que a su vez recogía los aportes de otras reuniones anteriores (2007 y 2008), que a su vez tuvieron su origen en la Conferencia de Madrid (2006). El comunicado final de la conferencia es otro instrumento de banalización y engaños donde en lugar de hacer algún tipo de autocrítica se habla de todos los esfuerzos anteriores, del interés por minorar la deuda haitiana, de la preocupación por reducir la vulnerabilidad del país, sostener las inversiones generadoras de empleo… Esta vez las cifras son más pudorosas, y se prometen 324 millones de dólares para los dos años siguientes. Hay que tener en cuenta que todas estas conferencias motivan comisiones permanentes y reuniones permanentes que son casi otras nuevas conferencias, como así lo fue la preparatoria de Ottawa (Reunión Técnica de Ottawa).

Y respecto a las ONG’s que han desarrollado sus actividades en Haití.

— Desde principios de siglo también hay miles de ONGs que han puesto pie en Haití. De hecho en las mencionadas reuniones intergubernamentales también tienen asidua y multitudinaria presencia paralela, como así se desprende del propio comunicado final de la Conferencia de Washington (2009): “El Gobierno haitiano y sus socios de la comunidad internacional saludaron la presencia en actividades paralelas a la conferencia de representantes de la sociedad civil y de numerosas ONGs que contribuyen al desarrollo de Haití”.

Ni Haití, ni Puerto Príncipe en particular para nada patentizaban tal esfuerzo caritativo-desarrollista de la sociedad internacional durante la última década. Salvo en esferas residencial-oligárqui cas como las de Petión Ville o Morne Calvaire, apenas se observaban infraestructuras de servicios básicos de sanidad y educación dignas de tal nombre. La infraestructura de sanidad no existe en Haití, y casi ni para las clases altas que prefieren ir a tratarse a Miami. De la misma manera que habría que preguntarse por los miles de millones destinados a construir tejido administrativo.

Cabe preguntarse dónde estaban los resultados de tamaño despliegue civil y militar, de tal despliegue diplomático. Cabría preguntarse por el costo de todo este despliegue. Este despliegue de centenares de miles de funcionarios ordinarios y de miles de altos funcionarios. Cualquier persona que sepa lo que cobra un soldado raso en cualquier misión exterior puede imaginarse lo que se ha gastado en Haití en la última década antes de llegar a la primera mano o boca de un haitiano. De hecho nunca llega porque gran parte de la ayuda va vinculada a deuda menos benévola y a servicios multinacionales sometidos a crédito. Haití es uno de los Estados a los que históricamente se le impone una deuda draconiana como teórico pago por las expropiaciones de los esclavis tas privados y de la Administración esclavista francesa. La Francia liberal le exigiría a Haití una indemnización de 150 millones de francos-oro, que era el equivalente al presupuesto del Estado francés de aquella época. Todas las ocupaciones y chantajes posteriores vendrían vinculados a ese hecho. Posteriormente la saga Duvalier subiría ese monto a 750 millones y los siguientes veinte años de “democracia” y “solidaridad internacional” lo multiplicarían casi por tres, como ha denunciado Toussaint.

— Entonces usted es muy critico con lo que solemos llamar “colaboración” internacional de los estados o de la “sociedad civil”.

— Toda la llamada colaboración siempre la ha cargado el diablo (in devil we trust). Estados Unidos, y otras potencias occidentales, siempre han utilizado la ayuda para cobrar hegemonía política y económica, nunca para reducirla. Desde la campaña Haití siglo- XIX al engrasado sistema USAID. Para otros países como España no es sino un simple lavado de imagen sin repercusión, sin seguimiento y sin sistema.

Y así hasta ahora. Ahora, cuando todos los medios de comunicación hablan de la movilización humanitaria de Estados Unidos. Es evidente que la cantidad de 20.000 soldados no son las piezas más eficaces para prestar ayuda humanitaria. ¿Se plantea la opinión pública el coste de tal desplazamiento? Con lo que consumen dichos soldados (60 mil dólares al mes por soldado) se podría multiplicar por 100 el socorro holgado de ciudadanos haitianos.

A Naciones Unidas y a la Sociedad Internacional habría que preguntarle para qué sirven sus fuerzas allí desplazadas. ¿Diez mil soldados de Naciones Unidas y quinientos funcionarios no son suficientes para mantener el orden público respecto a una población desarmada, enferma y ham brienta? Diez mil soldados y quinientos funcionarios de una misión de Naciones Unidas que suma 15 años de experiencia desde la UNMIH (1993).

Para acabar, una observación: la (des)información que en los medios se ha dado sobre la ayuda cubana ha sido penosa.

— ¿Información sobre la ayuda de Cuba y de Venezuela? Mediáticamente es información bloqueada por casi todos los grandes medios y agencias. Aunque lo más grave es que no se informa de nada esencial. Sólo hay un anecdotario de consumo inmediato sobre los sepultados, los hambrientos, los enfermos, los muertos… ¡Pues claro que hay muertos y enfermos… no estamos en una verbena! Pero casi ninguna información que contextualice a esas víctimas. Acto seguido el anecdotario continúa con los bomberos heroicos, las solidarias ONG’s o ese cuerpo del Samur, de ida y vuelta, que ha enviado la AECI. A día de hoy [25 de enero], apenas ha desembarcado algún médico, bombero o kilo de material medianamente organizado, porque toneladas sin método ni control siguen hacinadas en el aeropuerto y aledaños, controlado de manera autoritaria y monopólica por los Estados Unidos. El operativo de muchos países se ha centrado en los sepultados porque es lo más efectista. Se contabilizan por decenas las brigadas de bomberos de distintos países. ¿Con organización? No, por supuesto. Cada una haciendo la guerra estadística por su cuenta. Y no es culpa de los profesionales sino de la lógica con la que se trabaja en la llamada Sociedad internacional.

Cuba y Venezuela están prestando una ayuda más sistemática porque ya lo venían haciendo hasta ahora. La mejor prueba es que incluso el ex presidente Clinton se vio obligado a reconocerlo en septiembre de 2009 (Conferencia de las Américas). Cuba coopera desde 1998 con el “Programa integral de salud”. Desde entonces unos siete mil trabajadores sanitarios han realizado miles de consultas y operaciones quirúrgicas. Cuarenta y ocho horas después del terremoto se reforzó la ayuda con 60 médicos. Y dos días después la misión venezolana ya había instalado 3 hospitales de campaña (Anexo, Renaissence, Ofatma) y dos centros de diagnóstico integral (Grand Grove y Mirebalais) con personal esencialmente cubano. El día 15 llegaría una nueva brigada cubana con 400 médicos que crearían el sexto punto hospitalario (Delmas 33). Además Venezuela ha enviado siete mil toneladas de alimentos y una brigada de ingenieros. Según parece se han enviado 300 mil barriles de petróleo a través del sistema de Petrocaribe.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/web/archivo_revista.php?arch=1402.pdf