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Honduras. Diez años después, el pueblo sigue peleando contra la dictadura

Por Carlos Aznárez, Resumen Latinoamericano, 28 junio 2019

Desde aquel nefasto día de junio de 2009 en que el ejército y la policía hondureña, cumpliendo órdenes de Washington, capturaron al presidente Mel Zelaya y se hicieron con el gobierno, la democracia dejó de existir en todos sus aspectos. Uno tras otro, los presidentes que sucedieron a Zelaya (Micheletti, Lobo y el actual Hernández) pueden considerarse como legítimos herederos de esa acción violenta e ilegal contra un gobierno al que el pueblo había votado. Por eso es que no puede extrañar lo que sucede por estas horas en que nuevamente se ataca al pueblo a mansalva, se vulnera la autonomía universitaria, se siguen llenando las calles de multitudes que pugnan por derrocar al tirano para no tener que agregarse a la lista de quienes a la desesperada huyen del país.
Honduras no es un país más de Centroamérica, siempre, desde las aciagas épocas de la United Fruit Company hasta aquellos años de las bases paramilitares de la “contra” nicaragüense, el territorio siempre sirvió de sostén de las violentas políticas militaristas de Estados Unidos en la región. Palmerola y Mosquitia son nombres que significan mucho dentro de esa escena ya que en esos enclaves de la geografía hondureña se asientan dos poderosas bases militares norteamericanas, desde las que se sostiene la injerencia de ese país no solo en la política local sino que tiene influencia en todo el territorio centroamericano. La otra pata de la agresión es la propia embajada USA, que siempre, a lo largo de los años, fue un auténtico hervidero de consultas entre los politiqueros de turno y los jefes locales de la CIA.

Avalando esa historia de intromisiones, el gobierno actual vuelve a mostrar su cara más impune pero también la más violenta. Todo vale para defender un mandato que nadie otorgó, salvo el fraude, y que hoy es repudiado por las grandes mayorías.

El prolongado conflicto de los médicos y los docentes no puede ser resuelto a balazos, pero Hernández, al que la propia DEA norteamericana acusa de narcotraficante, no sabe de diálogos y mucho menos de concesiones a un pueblo que lo desprecia.

Por todo ello es que en este nuevo aniversario del golpe dictatorial, sus continuadores siguen entregando el país a la codicia de las trasnacionales, hundiendo la economía de manera que la desocupación y la miseria han convertido a Honduras en uno de los territorios más pobres de Centroamérica y del continente. Muy mal tiene que estar una nación para que sus hombres y mujeres, sus niños y hasta los ancianos se sumen a las columnas de los «condenados de la tierra» que intentan llegar hasta las vallas que separan la frontera de México con el infierno USA.

Duelen Honduras y sus gentes al ver las imágenes de estos días donde hasta la policía (no todos, lamentablemente) bajaron sus armas para pasarse de bando, reconociendo que son tan humildes como los que sufren su violencia cotidianamente. No, el hondureño no es un pueblo sumiso, es el mismo que durante todos estos años -desde el derrocamiento de Zelaya- no dejó de movilizarse un solo día, bloqueando carreteras y generando protestas gigantescas que asombraron al mundo, un pueblo que supo unirse en un Frente de Resistencia y que solo comenzó a perder fuerza cuando apareció en el horizonte la tentación del camino electoral. Quizás, después de la última experiencia en ese sentido, donde el fraude fue tan escandaloso que ni siquiera los observadores internacionales se decidieron a avalarlo, se haya aprendido la lección de que las únicas conquistas, las reales y necesarias, se siguen logrando a través de las movilizaciones masivas.
Por eso es que quienes hoy están peleando en las calles contra la prepotencia policial-militar -todo ellos, el Partido Libre, el COPINH y muchísimos descreídos de la democracia burguesa pero no de la lucha-, saben que ya no tienen nada que perder y que se juegan otra vez la vida en la pulseada. Pero además, están mostrando al continente que no es hora de retrocesos ni titubeos frente a una embestida derechista recolonizadora que golpea a cada puerta.

Estados Unidos, su Comando Sur -que recientemente visitó Argentina y Chile para hostigar a Venezuela-, sus multinacionales y sus avanzadas paramilitares “disciplinadoras” vienen por todo. Tratan de imponer una matriz que busca hondureñizar al continente. Que lo logren o no, dependerá de la resistencia que encuentren en el camino. El pueblo hondureño y el pueblo haitiano, con sus improntas insurreccionales, marcan, en ese sentido, un ejemplo de lo que hay que hacer. Las calles son su mejor escenario para visibilizar a nivel internacional de qué se trata la “democracia” de JOH y su mafia, y también para replantearse a la luz de lo sucedido estos días agitados, qué tipo de proyecto de poder hacen falta para que la Patria de Morazán renazca entre sus propias manos. Como en 2009, en los barrios y en las carreteras bloqueadas por miles de manifestantes se vuelve a escuchar aquella consigna que se hizo himno: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, seguido de otra más actual: “Fuera JOH, fuera JOH”.

En este décimo aniversario, cada una de estas acciones como las que se puedan hacer a nivel de la solidaridad internacionalista demuestran que no se equivocaba esa gran lideresa que fue Berta Cáceres cuando decía que «lo que no logremos con la urgencia de nuestros propio esfuerzo y compromiso, seguirá postergando la victoria definitiva frente a quienes nos explotan y saquean todos los días del año».

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