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LAS REVOLUCIONES DEL MUNDO ÁRABE, TAN LEJOS TAN CERCA

¿Por qué nos hemos quedado los ciudadanos de a pie con esta imagen tan pobre y tan parcial de una zona del planeta de la que tan sólo nos separan 14 km. en su extremo occidental?

 

Por Alberto Sastre Obón (*)

21 de marzo de 2011

Desde que Túnez sorprendiese al mundo con su revuelta democrática y la mecha se esparciese al resto de países árabes e Irán, no han cesado las imágenes y los análisis de unos acontecimientos inesperados en una zona que se percibía adormecida, anquilosada en estructuras ancestrales y mentalidades retrógradas de las que esporádicamente surgían reacciones fanáticas en forma de terrorismo religioso. ¿Porqué nos hemos quedado los ciudadanos de a pie con esta imagen tan pobre y tan parcial de una zona del planeta de la que tan sólo nos separan 14 km. en su extremo occidental?

Ahora se habla de jóvenes cualificados sin oportunidades laborales pero con acceso a la información y con capacidad para movilizarse a través de las redes sociales. Pero nos faltan piezas en este rompecabezas. Se ignora la complejidad de sus sociedades y se ignora a una sociedad civil que ha sido sistemáticamente despreciada y que se agita y lucha desde hace tiempo.

Ni siquiera los servicios secretos de las potencias que tutelaban a la mayoría de estos regímenes parecen haber sido capaces de predecir la fuerza y la vitalidad de la población, confiados probablemente en que, desmanteladas las estructuras políticas y bien pertrechado el aparato represor, la población se quedaba sin capacidad de reacción.

La población se ha levantado pero incluso después del levantamiento sus protagonistas siguen invisibles, raramente se les coloca en el lugar que merecen. “En la primera línea de la resistencia en los primero días del levantamiento en Egipto”, me cuenta la directora de cine egipcia Amal Ramsís, “los que cayeron víctimas de los disparos eran trabajadores y jóvenes de las clases empobrecidas de los barrios más humildes de El Cairo”. Los mismos a los que el gobierno marroquí se esforzó en impedir el acceso al centro de Casablanca durante las manifestaciones del 20 de febrero, suspendiendo los transportes públicos (yo me encontraba en esta ciudad). Y de entre ellos unos protagonistas inesperados: las hinchadas de fútbol que “acostumbradas a bregar con la policía, no dudaron en hacer de colchón ante los envites de los baltaguía (los matones del gobierno)”, añade.

Manifestación del 20 de febrero en Casablanca (Marruecos)

En Túnez, relata el periodista Daniel Iriarte, los primeros muertos de la revuelta fueron también jóvenes en paro y trabajadores de la ciudad de Thela que sufrían condiciones laborables lamentables.

La chispa ha saltado ahora, el joven que se inmola, el éxito de una revolución que da coraje al vecino. Y no ha faltado una acumulación de la indignación en los últimos meses. “Desde el verano pasado ha sido un no parar«, cuenta Amal Ramsís, “los casos de corrupción se sucedían sin interrupción sin que la justicia actuase, nos quedábamos sin electricidad constantemente mientras le suministramos el gas, prácticamente regalado, a Israel. ¡Pagamos nuestro propio gas más caro que ellos!” Pero no podemos aislar los hechos actuales de una larga y poco conocida historia de lucha obrera.

Las movilizaciones de trabajadores no son algo nuevo. En 1989 se convocaron huelgas en las plantas siderúrgicas que fueron aplastadas con munición de guerra. Igual ocurrió en las fábricas textiles en 1994 y en las empresas estatales del Delta del Nilo en el 2004. De nuevo en 2006 se paralizó el sector textil en Mahalla y desde entonces hasta el presente se han sucedido casi sin interrupción las acciones huelguísticas en un gran número de sectores. Sólo en 2007 el Centro Egipcio de Estudios Económicos (ECES) calcula que hubo entre 323 y 500. En 2008, en Túnez, se reprimía duramente la huelga minera de la ciudad de Redeyef. Y al año siguiente en Juribga, Marruecos, se echaba a la calle ese mismo sector.

La cultura popular no ha permanecido ajena. De los barrios humildes de Casablanca surgieron, ya en los setenta, voces como la de Nass El Ghiwane, abanderados de la canción protesta magrebí. Y tantas otras voces que han empuñado plumas, pinceles, cámaras y micrófonos. El aspecto de aquellos jóvenes: largas melenas, pantalones de “pata de elefante” nos dice que las modas no tienes fronteras, pero también que, aunque el lenguaje sea otro, las inquietudes sociales pueden ser las mismas y las corrientes ideológicas no son propiedad nadie. Europa no ha dejado de levantar muros de todo tipo, también frente a las ideas. Y así, hemos permanecido ciegos y sordos ante esa cultura cercana y hermana, a sus vicisitudes históricas y a su riqueza. La hemos incluso prejuzgado y demonizado sin tratar de conocerla ni entenderla. No me parece fuera de lugar aquí evocar a Althusser y recordar que la cultura y la información se encuentran entre los aparatos ideológicos del estado, los cuales no necesitan estar directamente controlados por éste.

Nass El Ghiwane

En mi experiencia por algunos de estos países, he percibido una actitud muy diferente entre sus gentes. Y aunque la teoría del choque de civilizaciones ha tenido un cierto éxito y ha sido explotada por sectores conservadores que han encontrado un arma política en la simplificación del otro, la curiosidad y la predisposición a la comunicación y al intercambio son la actitud más común que me he encontrado.

La colaboración que ha llegado del norte, en cambio, has sido básicamente con sus opresores. El intercambio intelectual ha consistido en enviar asesores en “inteligencia” militar para aplastar y sofocar toda oposición política o sindical. Miles de presos ideológicos de todo signo han languidecido durante años en las cárceles o han simplemente «desaparecido». Militar en una asociación estudiantil era casi garantía de periódicas estancias en los calabozos de una comisaría, como les ha ocurrido a varios amigos personales.

Ahora, nuestros gobernantes, pillados por sorpresa por el éxito de la revolución popular, tratan de adaptarse a marchas forzadas a la situación. Se sigue explotando el peligro de los partidos religiosos, cuya fuerza, como se ha visto, no es la que se pretende y cuyo espectro ideológico, en cualquier caso, es extremadamente variado y asumible por un sistema democrático (ya ocurre en Turquía y se hizo en su momento en Europa). Y tras poner en duda la capacidad de los países árabes de realizar por sí mismos una transición democrática (¡atroz e ignorante racismo!) se habla de «acompañar» a Túnez y Egipto, por ejemplo, en dicha tarea, como expresó recientemente en España la secretaria de política internacional Elena Valenciano. El poeta marroquí Abdelatif Laâbi, veterano activista político, conocedor de cárceles y exilios, se hizo eco de estas declaraciones en unas recientes conferencias públicas en Casablanca e hizo notar cómo ese benévolo verbo, acompañar, encubre a duras penas una actitud escandalosamente paternalista, neocolonial. Más escandalosa si cabe cuando a continuación oímos decir al mismo cargo político español que “Marruecos ha hecho muchas reformas con Mohamed VI, hay partidos políticos y elecciones municipales transparentes”.

Abdelatif Laâbi

Cuando se dice acompañar o, incluso menos eufemístico, ayudar, se está diciendo que se vogliamo che tutto rimanga com’è, bisogna che tutto cambi. Se trata simplemente de que los acuerdos comerciales ventajosos para nuestras empresas sigan vigentes, que el gas y el petróleo sigan fluyendo a precios de saldo y de que la hegemonía estratégica de EE.UU/Israel en la región no se altere. Echamos en falta la sinceridad de Tancredi Falconeri. David Cameron acaba de realizar una gira por Egipto y otros países de Oriente Próximo acompañado de ejecutivos del sector armamentístico y Zapatero ha iniciado otra por Túnez y varios países del Golfo, pero tampoco parece que en su agenda estén escritas las palabras cooperación científica, justicia, educación o cultura. No parece interesar ir labrando bases sólidas para un desarrollo económico y humano equilibrado y justo sino que se navega a merced de los designios de una élite de plutócratas.

El activista egipcio Hossam el-Hamalawy expresaba en una entrevista: “No esperamos nada de Obama, a quien consideramos como un gran hipócrita. Pero esperamos que el pueblo estadounidense –sindicatos, asociaciones de profesores, uniones estudiantiles, grupos de activistas, se pronuncien en nuestro apoyo”. De modo similar se pronunciaba el antes mencionado Abdelatif Laâbi, quien, ante la evidencia de que los gobiernos occidentales van a seguir luchando por mantener el status quo de sus políticas neoliberales a costa, si hace falta, de los derechos y las libertades, hacía un llamamiento a unir las voces de los colectivos y asociaciones civiles de uno y otro lado del Mediterráneo.

Es posible que muchas de nuestras reivindicaciones no sean tan distintas, es posible que si aquí se necesita repetir de forma tan insistente el término democracia, sea porque a esa democracia se le han desdibujado los contornos y lo que queda sea una vaga ilusión, poco más que un ritual en el que nuestra intervención se limita a decidir qué máscara le ponemos al mismo cuerpo. Quizá tengamos algo que aprender de las rebeliones de los países árabes. La lucha puede empezar por tratar de romper tópicos y prejuicios y buscarnos en el otro.

(*) Alberto Sastre Obón es articulista y docente residente en Casablanca (Marruecos)

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